VIDA
A veces faltan las fuerzas, la luz y hasta los caminos. Uno se pierde, o no quiere seguir. Es fácil olvidarse de por qué se recorre un camino, de qué nos llevó a dar un primer paso, y después de éste un segundo y así hasta donde estamos.
A veces incluso, y reza para que no sean muchas,
Te rompes. Te apagas. Te extingues.
Desapareces.
Es en ese momento cuando, si tienes suerte y no estás solo una voz fuera de tu cabeza vence a las miles que te ahogan desde dentro, intentando sumirte entre el desmayo y la locura y te obliga a preguntarte ¿qué pasa? ¿qué pasa realmente?
Cuando llegas a este punto hay que limpiarse. Hay que dejar que salgan las voces. Hay que hundirse. Hay que caer para poder levantarse. Hay que revolver muy dentro de uno para encontrar la chispa; la esencia que te permita volver a ser, arder, vivir, encontrarte.
Para mi es casi un ritual. Minuto tras minuto dejo que caiga el agua sobre mi, empapando mi cabeza, ensordeciéndome, aislándome, sacándome del mundo para poder volver.
Dejo que se vaya todo menos esa esencia, menos el yo más profundo.
Cuando salgo, cuando vuelvo al mundo, cuando vuelvo a ser, no vuelvo fuerte y recuperado, claro, eso sería demasiado fácil, pero vuelvo.
Regreso siendo, queriendo y sabiendo que puedo.
Hoy me he roto, me he apagado, me he extinguido y he desaparecido.
Y he vuelto.
Oscuridad
Es una noche sin luna.
Es todas las noches sin luna.
Es siempre de noche.
Hay que seguir, cada instante, cada miedo, cada obligación,
trabajo, necesidad, deuda:Todos empujan.
forman una marabunta terrible de figuras
informes, deformes, amorfas, oscuras.
Una multitud sin rostro, sin rostros,
alimentada de mundo y realidad,
codiciosa de sueños, de sonrisas, de olvidos,
del blanco de tu mente, de libertad.
Futuro, miedo, pasado, miedo, presente invadido.
Presiones que fagocitan la calma,
que oprimen el pecho, que atan estómago y garganta con nudos retorcidísimos.
Lágrimas que asoman al ojo sin caer manteniendo la angustia.
Decisiones que gritan que deben ser tomadas.
Problemas que anuncian que podrían existir.
Miedos que rumorean un “y si sale mal”
Conciencias que martillean sin saber muy bien qué ni por qué.
Y entre tanta angustia y tinieblas TÚ.
Isla de luz. Salvación y sosiego.
Hogar. Refugio inexpugnable.
A veces creo que ya no puedo dejar la oscuridad
si no es en tu regazo.
Porque como ya te dije hace tiempo,
ya no encuentro la calma si no es contigo.
Y no quiero encontrarla sin tí.
Tu eres mi luz, no me faltes nunca.
Cuídame, no dejes de cuidarme.
Protegido: AHORA
Protegido: Sobre la felicidad.
EX-traños
En la lucha entre uno y el mundo, hay que estar de parte del mundo.
-F. Kafka
Quien busca no halla, pero quien no busca es hallado.
-F. Kafka
Una mañana al despertar; un día mientras pedaleas por los canales; al cerrar el grifo tras una ducha en una fría mañana de diciembre; con el sonido de la cena cocinándose en la sartén de fondo; al darse la vuelta en mitad de la noche, en una cama demasiado grande, y demasiado llena de recuerdos para uno solo. En una estación, en el mismo instante en que la pierdes de vista, o antes aún, cuando vuestro abrazo se deshace, y vuestros labios se gritan que no están preparados para separarse todavía.
Es en ese instante, cuando algo te sacude y te dice, te grita desesperadamente, en un intento, de que veas con la evidente claridad con la que lo vería cualquiera, que ya no sois extraños. Que es impensable que pudierais haberlo sido alguna vez. Que nadie te abrazó igual. Que nadie cuidó de tus sueños de la misma manera. Que os pertenecéis. Que ahora existe un vínculo. Que ya siempre habrá existido.
Hay muchos momentos para darse cuenta, por primera vez, de que se echa de menos a alguien. De que todo parece peor, si al final del día, no te susurra y te abraza. Que la rutina es demasiado aburrida, si no le sumas vuestro propio mundo, vuestra rutina. Que os rodea un aura de magia, de cosas tan privadas que aunque las contarais al mundo seguirían siendo SÓLO (Lo siento mucho, señores de la RAE) vuestras. Que ya no quieres imaginarte viajar a ningún sitio, si no es con ella.
Que harías no diez, sino cien años de guerra con Troya, por una sonrisa suya.
Que cada mañana, tienes un motivo mejor que todos los demás, para salir de la cama.
Hay muchos “ahoras”, (que son los únicos momentos que importan) para darse cuenta de que da igual no querer algo; no esperarlo. Que te aterre y te complique. Que te desvíe de aquellos planes que habías trazado meticulosamente para tu vida. Que tú nunca quisiste conceder a nadie el poder de hacer y deshacer nudos en tu garganta. A veces, simplemente, hay que tirarse a la piscina, y yo, pobre imbécil, sólo sé nadar sin salvavidas.
Hay muchos miedos que te harán dudar. Muchos fantasmas de pasados y futuros. Muchos “y si”s y muchos deseos vacíos y curvas prohibidas. Llegarán pensamientos que te rebelen que estás, de nuevo, arriesgándote a ver como te sustituyen y te olvidan. Te entierran. Desapareces y te ves, otra vez, obligado a reinventarte; a recoger los pedazos y recomponerte.
Y al final, entenderás que en este juego la cabeza no cuenta. De que algo, dentro de tí. De tu yo más primario y más auténtico, ya se ha dado cuenta de el valor infinito del vínculo, la unión, lo privado, Ella. Algo que ya ha decidido por ti, por todo tú, infectando, cada milímetro de tus pensamientos, de su fragancia y su sonido. Nosotros.
Nunca me ha dado miedo reconocer que echo de menos, mi único miedo ha sido que no lo quisieran escuchar.
Tal vez todo lo que he escrito hoy no sea más que una tontería, ¿qué le voy a hacer si te echo de menos?
Yo sólo quiero ser tuyo y que seas mía.
Cuidame
.
…
Y si…
Sobre gestos y anhelos II
“El propósito del arte no es la liberación momentanea de adrenalina, sino la construcción gradual de un estado de maravilla y serenidad.”
- Glenn Gould
“No la estaba besando, estaba susurrándole en la boca.”
-Chico Marx
Ocho y diez de la noche.
Oscuridad navegada por luces blancas y rojas.
La noche cayendo sobre la ciudad
El invierno, esperando hambriento a la vuelta de la esquina.
El reloj corriendo,
siempre corriendo
El lobo solo,
hambriento como el frío,
asustado como el niño perdido de 7 años que un día fue,
preguntándose qué sería de él
si se quedara solo para siempre.
Y la esperanza,
volviendo en forma de gesto
(o de mujer, si es que no son lo miasma; la llamaremos B)
solo para desvanecerse por esta noche dos cervezas después.
Terriblemente simple:
el grácil movimiento de una mano
ascendiendo al olimpo de una melena corta
que corona su dulce rostro azul.
Horas de charla interesante,
de historia personal
a historias variadas.
Con toda la pasión que el Demiurgo podría prestar
a dos personas hablando.
Visitas de Morfeo y Glenn Gould,
palabras para el pasado y el futuro,
los mayores y los niños,
los miedos y los hechos.
El gran placer de la palabra viva.
Una y otra vez,
el mismo gesto,
las manos, reviviendo la melena,
levantando el pelo,
haciéndome creer que puede incluso insuflar vida.
La vida que mi lobo herido necesita.
Las risas,
la intensa energía corriendo por mi todo
cada vez que siento su mirada sonriente
clavada en la profundidad de mi miedo y mi ilusión.
Tremenda conexión,
y aun así aquí estoy,
apunto de comenzar una nueva noche
preguntándome por qué no duerme a mi lado
o que hice mal para ser incapaz de robarle
un simple beso.
Para bien o para mal,
el viejo lobo recordará ese gesto mágico
que una vez y para siempre la hizo diferente de todas las demás.
Aullará a todas las lunas llenas
y preguntará a todas las notas del Aria di Capo
por un precio, cualquiera,
por un beso suyo,
por la felicidad,
por una oportunidad de futuro; juntos.
Sobre gestos y anhelos

“La belleza salvará al mundo”
-Fiodor Dostoievski
“…una especie de esencia de su encanto, independiente del tiempo, quedó durante un segundo al descubierto con aquel gesto y me deslumbró”
-Milan Kundera
El maldito reloj, siempre avanzando.
Mientras,
ese yo lobo tan débil y desorientado
se pasea enjaulado entre cuatro paredes
en casa, en si, en mí.
Aullando.
Suplicando, con su canto a la luna,
que los Beatles se equivocaran con aquel
All you need is love.
Prometiéndose lealtad eterna
sin saber ya a qué.
Convenciéndose, de que bastará con vivir
enamorado de su ciudad y casado con su trabajo.
Dudando si echar de menos
o echar de más.
Y desgarrándose por dentro,
despacio, jirón a jirón,
al pensar,
que en tantos días no se cruzó en su camino
mujer alguna por la que valiera la pena perder la cabeza.
Un momento,
tal vez una mirada.
Un gesto, eso seguro.
Pero ninguna mujer.
Quizás sea hora de seguir
el Inmortal camino de Kundera
y descubrir a la mujer en el gesto.
Si de un gesto
pudo nacer un personaje, una mujer, un libro,
para mi puede gestarse una idea,
un deseo, este texto.
Por mucho que intente engañarme
no puedo ocultarme
que me bastó ese movimiento,
imperfecto, rutinario, descuidado, inútil y maravilloso
aquella primera vez
para saber que querría repetir.
Pero, ¿como se repite algo que no ha pasado?
Solo
“Toda sociedad exige, necesariamente, un acomodamiento recíproco, un temperamento; así cuanto más numerosa es, más insípida se hace. No se puede ser verdaderamente uno mismo, sino mientras está uno sólo; por consiguiente, quien no ama la soledad, no ama la libertad, porque no es uno libre sino estando solo.”
-Schopenhauer
“Todo nuestro mal viene {del hecho} de que no podemos estar solos.”
-Schopenhauer
Aunque me costara aprender que el miedo es potencialmente bueno, aún lo olvido con frecuencia
y sufro,
con el miedo de que esta transición sea infinita.
Transición, eufemismo, substituto
de una palabra demasiado vacía: soledad.
Y el miedo, que es de rápido contagio,
se extiende, y temo,
que estas calles me parezcan vacías,
que el agua de los canales nunca sea mía,
que pausar mi camino en bicicleta
una noche cualquiera, de vuelta a casa
para aullar a la luna oculta
ya no sea suficiente.
Más miedos: a que el lobo no esté dormido, sino perdido.
Más aún, a que sea el Haller, mi Haller, el perdido.
Miedo a que después de tanta lluvia
sin que nadie me haga sentir único, me olvide de que lo soy,
o peor, de por qué lo soy. Lo fui.
Miedo de diluirme, mezclarme, desaparecer.
Ser otros, todos, humano. Un humano.
Y no ser yo.
Miedo a que mi ello Freudiano empiece a conformarse
con lo que le sirve la realidad.
Miedo, pánico, a que al animal social que me mueve,
cuando el lobo duerme,
a falta de amigos y familia,
de presencias amables,
más allá de una amable y esporádica superficialidad
no le quede sino recurrir al territorio
del que siempre salgo desterrado
y con el pecho apuñalado.
Y entonces,
miedo a que Bécquer no estuviese equivocado,
a la contradicción de Schopenhauer,
a estar maldito, sin la maldición de una mujer a mi lado.
Y finalmente la idea,
la luz, la esencia positiva
que reside en lo profundo del miedo:
perdido mi Haller, mi lobo,
mi esencia; todo,
no me quede sino avanzar,
y miedo, auténtico y mortal miedo, esta vez sí,
a no poder hacerlo sin el empujón de un beso.
Regreso
Infinita luz verde
parpadeando
a ritmo de megafonías y retrasos.
Boarding pass, check out time, overbooking,
crash at my place.
permitanme llamarlo provisionalidad,
por no decir angustia y nada.
El corazón atado con el esófago para que no lata,
el trabajo inundando cada minuto
como esos dibujos animados,
que si no se dan cuenta de que no hay suelo
no se caen.
Veintitrés velas más
que personas
y sólo Peter Pan
que como regalo me cuenta al oído
que he caído en la trampa.
Adulto.
pronunciado tal vez,
con cierto desprecio
a lo Saint-Exuperry
pero incapaz de negar la emoción.
Exterior noche,
brisa fría y el mundo en calma.
El aullido de un timbre de bicicleta
penetrando el sueño silencioso de la ciudad.
y ese escalofrío que recorre la espina
recordando a todo mi cuerpo qué se siente
al ver que la misma luz anaranjada que fluye por los canales
es la que ilumina ahora a mi casa y a mi.
Bienvenido a tu nueva vida,
bienvenido a tu casa.


